Simplemente se trata de abrir los sentidos y activar nuestros instintos hacia una nueva concepción de vida; para así dar un poco más de sentido a nuestra efímera existencia, nada más que polvo en el gran desierto del Tiempo. Somos mortales, y es precisamente esa condición la que nos hace privilegiados... vivimos una vida única, todos y cada uno de nuestros momentos son irrepetibles, y aquel concepto llamado muerte, no es más que el fin de nuestro momento, el cuál dependerá de nosotros si pasa o no a la posteridad, ya sea como un vago recuerdo, o un glorioso pasado. Alguna vez leí (no recuerdo dónde) que la vida consistía en la satisfacción total de nuestros goces (mediante los sentidos) cuyo término lo decidía implacablemente la muerte.
Sin arrepentimientos, sin remordimientos... con la frente en alto, orgulloso de la pequeña porción de tiempo que estoy viviendo. Aprendiendo de los errores y levantándome para ser cada vez más grande... Soy finito, y eso me hace ser la envidia de los Dioses inmortales, cuyos actos tiene nula validez en esta vida de mortales, finitos y felizmente condenados a morir... y dada mi condición, puedo construir y destruir, destruir y construir a mi antojo, pues la muerte me libera de toda carga mundana, siendo mis actos los que repercutirán en la eternidad...
No he encontrado el sentido estricto de la vida, o por qué existimos... pero he descubierto una gran manera de hacer más llevadera la vida. Hacer nuestro el mundo sensible, y construir otros mundos, en base a la hermosura de la verdad.
Recomiendo un cuento de Jorge Luis Borges, llamado "El Inmortal", cuya maestría y prosa explica muy bien lo expresado en esta pequeña reflexión...
Me estoy acostumbrando a hacer este blog un cuaderno donde escribo cuanta idea vaga se me ocurre, jajaja. Creo que he logrado mi objetivo... Ha sido una buena noche...
Salud!
miércoles, 30 de diciembre de 2009
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